giovedì 26 luglio 2012

7 CAPITULO Adoracion Salvaje

Hola,acà empienza la maraton de hoy,pero antes quiero responder algunas preguntas que hicieron: No se con precision cuantos capitulos tiene la nove,despues veo mejor...La version de Peter la van a tener pero mas adelante y no lo odien jajaja

7 FIRMAS Y MAS


 

El súbito tumbo de su corazón fue tan parecido a la reacción que la avasallaba con la simple mención del nombre de Peter, cuando tenía diecisiete años, que su rostro perdió por completo el color. ¿Qué estaba sucediendo con ella? Ya no era una adolescente impresionable. Nada sentía por Peter Lanzani, excepto antipatía.

—¿Quién más asistirá a la reunión? —preguntó a su padre, para distraer sus pensamientos.

—Pues. . . John Howard, del banco. Traerá con él a un cliente que acaba de mudarse a esta región. También creo haber persuadido a Lady Anthony de que nos acompañe. En la actualidad sufre de artritis y ya no participa en las actividades locales tanto como solía hacerlo, pero creo que este proyecto le interesará. Siempre ha tenido un gran afecto por Peter.

—Sí, sobre todo desde que él le regaló aquellos chocolates que ganó en la fiesta de verano.

El señor Esposito dirigió una sonrisa indulgente a su hija.

—Sí, a pesar de que lo estuviste fastidiando para que te los diera.

—Y él dijo que me harían daño.

Eso sucedió el verano en que ella tenía once años y Peter diecinueve, y estaba en la escuela de medicina. Lali lo adoraba entonces, y él toleraba esa, adoración como quien soporta las monerías de una mascota muy querida.

—Lady Anthony tiene con ella, de visita, a una chica de su familia. Dicen que es una joven muy hermosa. Tal vez descubras que tiene mucho en común contigo. Ha vivido en Londres, pero cuando fracasó su matrimonio, vino a quedarse con su madrina. El vicario también asistirá, por supuesto y. . . el alcalde Barnes.

Cuando la muchacha alzó las cejas, su padre sonrió.

—Sí, ya sé. Él y Lady Anthony van a discutir, como siempre, pero estoy seguro de que, en el fondo, ambos disfrutan esos enfrentamientos. Nos reuniremos en casa de Peter… ya debes saber que compró la vicaría —miró con aire de disculpa a su hija—. También me permití ofrecerte como voluntaria para hacerte cargo de los refrescos. Tu madre…

Lali suspiró, resignada, y él no tuvo que terminar la frase. En efecto, si su madre hubiera estado sana, habría sido la primera en ofrecer sus servicios. Igual que el alcalde, la señora Esposito era una organizadora infatigable y fueron muchas las tardes de verano en que Lali tuvo que ayudarla a preparar una torta gigante para alguna fiesta de la localidad o reunión de beneficencia.

Los habitantes de Setondale eran anticuados respecto a determinadas cosas; una de ellas era la cuestión de las tortas. Ninguna ama de casa de Setondale que se respetara, sería capaz de comprar una ya hecha, en vez de prepararla ella misma.

Bien, al menos no había perdido su habilidad como pastelera, se dijo Lali al probar la confitura. Además de la torta, habría pastelillos, hechos de acuerdo a la receta especial de su madre y, más tarde, prepararía emparedados y refrescos. Tendría que pedir prestado el auto a su padre para ir a la casa de Peter, pues no podría llevar tantas cosas en su bicicleta.

Mientras conducía hacia la vicaría, más tarde ese día, Lali se preguntó por qué Peter habría decidido comprarla. ¿No le hubiera convenido más una casa más pequeña, en el centro de Setondale? La razón por la que la iglesia vendió la vicaría, fue precisamente por su tamaño y el costo de mantenimiento. Según recordaba ella, tenía por lo menos siete cuartos y, además, varios áticos.

La verja de hierro forjado estaba siempre abierta; en realidad, había permanecido abierta durante tanto tiempo que ella dudaba que alguna vez pudiera cerrarse. La maleza y la enredadera habían crecido entre los barrotes, y el pálido sol invernal se filtraba entre las hojas.

El sendero que llevaba a la casa también estaba cubierto de maleza y los árboles, que resultaban encantadores en primavera, ahora tenían un aspecto siniestro sin su follaje. La fachada de la casa era elegante y los jardines, circundados por un alto muro de ladrillo, eran un remanso de intimidad y paz.

Al aproximarse a la construcción, la puerta principal se abrió y Peter apareció en el umbral. Vestido de manera informal, con unos viejos pantalones vaqueros y una camisa de lana a cuadros, con las mangas enrolladas hasta los codos, casi podría ser el muchacho que Lali había adorado de niña. Luego, cuando él se movió y la luz del sol delineó los angulosos rasgos de su rostro, la ilusión del aspecto juvenil desapareció y la chica se enfrentó con la realidad del hombre.

—Traje los bocadillos y refrescos para esta noche —anunció con voz débil.

—No supuse que hubieras venido sólo por el placer de mi compañía —replicó él con ironía, y la muchacha lo miró fijamente—. Oh, vamos, Lali, ¡no estoy ciego! Has hecho más que evidente lo que sientes por mí.

La joven se puso tensa entonces, y la angustia le formó un nudo en la garganta. ¿Qué quería decir? El corazón le latía con violencia y tenía reseca la boca. ¿Habría adivinado que…?

—Es obvio que te resulto antipático —prosiguió el médico con acritud y ella sintió que su cuerpo se relajaba por el alivio. Él pensaba que lo encontraba antipático. Pero… era cierto. Y no sólo eso; también lo detestaba, lo despreciaba como alguna vez él la despreció—. Sin embargo, vivimos en una comunidad pequeña y no podemos evitar encontrarnos con cierta frecuencia —concluyó Peter.

—Una cosa es toparnos en ocasiones y otra que me encuentre contigo casi cada vez que entro en mi casa.

Lali vio cómo se endurecían las facciones del médico.

—Sucede que tus padres son viejos amigos míos y no pienso renunciar a su amistad para complacerte.

Ella notó que se tensaba la mandíbula masculina mientras pronunciaba esas palabras y luego, el rostro del hombre se relajó un poco al agregar:

—Dime, Lali, ¿qué sucede? Solíamos ser muy buenos amigos… acepto que los tiempos… las personas… cambian, pero esto no puedo entenderlo… esta antipatía que me demuestras.

¿No podía entenderla? Una oleada de ira estremeció a la joven. Había destruido su mundo ¡y ahora no podía entender su enfado!

—No, estoy segura de que no entiendas —repuso ella con tono cortante—. Pero ya pasaron los días en los que estaba a tus pies, conforme con cualquier migaja de atención que te dignaras obsequiarme. Digamos sólo que ya crecí, si te parece, y dejémoslo así.

Mientras se apartaba de él y se encaminaba al auto, Lali apenas podía creer que Peter hubiera olvidado lo sucedido. Su amargura se mezcló con la ira. ¿Cómo pudo ser tan torpe, alguna vez, para investirlo con todas las virtudes de un caballero andante? El Peter que ella había amado nunca existió; había sido nada más un producto de su febril imaginación de adolescente. Era ridículo que pudiera sentirse tan… traicionada al percatarse de que él no recordaba lo que le había hecho, pero así era.

Luego, cuando ella caminaba hacia la casa con las cajas de alimentos, él no hizo el intento de hablarle y se limitó a entrar en la cocina seguido de la joven, para mostrarle dónde podía dejar su carga.

—No tienes obligación de hacer esto —dijo Peter cuando la chica terminó de colocar las cajas donde él le indicara—. Puedo pedir a otra persona que sirva como secretaria del comité.

—Sí, no lo dudo, pero como dije a mi padre, eso me servirá para no perder la práctica.

—Entiendo. Bueno en ese caso, prometo que no te molestaré demasiado. Yo había esperado que… —se encogió de hombros y volvió el rostro, pero no sin que antes ella pudiera notar la amargura de su expresión.

¿Peter amargado? ¿Por qué? Confusa, Lali regresó al coche de su padre. ¿Qué iba a decir él? ¿Qué era lo que había esperado? Movió la cabeza y apartó esas preguntas de su mente. Puso en marcha el motor para iniciar el trayecto de regreso a su casa.

7 FIRMAS Y MAS

6 Capitulo de Adoracion Salvaje

Hola a todas,chicas! Acà està otro capitulo,yo quiero hacer maraton manana,diganme que les parece,pero diganme eh! Jajaja

Si hay firmas subo otro!


 

La dura voz de Peter la hizo volverse para mirarlo, con fijeza.

Al descifrar la expresión de la joven, agregó con voz pausada:

—Sólo venía a decirte buenas noches; a petición de tu padre. No quise escuchar la conversación. ¿Lo amas,Lali. . . es por eso que regresaste a casa?

—¡Es casado! —gritó ella con desesperación, detestándolo por verla así cuando se sentía tan débil y vulnerable.

—Entiendo.

Sin duda, no fue compasión lo que ella pudo ver en los grises y helados ojos. Lali movió la cabeza, con incredulidad y lo escuchó decir:

—Si puedo ayudar en algo.

Ocho años antes, necesitó su ayuda, pero él la rechazó; de repente, quiso lanzarle esa acusación al rostro y decirle que él era el responsable de que fuera la clase de mujer en que se había convertido, que era culpa suya que fuera una virgen de veinticinco años, con ideas ridículas y fantásticas respecto al amor y el matrimonio. Pero el sentido común le indicó que la culpa no era toda del médico, de manera que, en lugar de dar voz a su resentimiento, repuso con amargura:

—Deja de tratarme como si fuera tú hermana menor,Peter; no necesito tu ayuda… ni como hombre ni como médico.

El rostro de su viejo amigo se tornó adusto de inmediato.

—Entonces, me despido —se detuvo un momento en el acto de pasar frente a ella, en dirección a la puerta, y agregó con tranquilidad—: Sólo dime una cosa. ¿Fue él quien te enseñó a jugar ajedrez?

Lali frunció el ceño, intrigada por un instante.

—No… no fue él.

¡Qué pregunta tan extraña!, se dijo. Estaba a punto de inquirir por qué la había formulado, cuando él avanzó hacia la puerta, la abrió y salió antes que ella pudiera decir algo.

—¿Ya se fue Peter? —preguntó su padre al entrar en el vestíbulo, un momento después—. Es un buen muchacho. Inteligente también.

Lali arqueó las cejas y regresó al estudio para recoger las tazas vacías.

—Si es tan inteligente, ¿cómo es que ha vuelto aquí para trabajar como un simple médico de pueblo? ¿No le habría ido mejor en los Estados Unidos?

—En el aspecto económico, quizá —aceptó su padre, con expresión de reproche—. Pero Peter sabe que hay cosas más importantes que el dinero. Por ejemplo, la lealtad y el cariño por su tierra natal.

—Creí que tendría más ambiciones, eso es todo.

—Ah, es ambicioso, sin duda. De hecho, me estaba hablando sobre sus planes y expectativas. Intenta reunir dinero entre la gente de la localidad para comprar un lugar donde poner una clínica, y luego equiparla con el instrumental más moderno. Yo le prometí ayudarlo en todo lo que pueda con su proyecto. Ah, también le dije que sin duda tú te hallarías dispuesta a ofrecerle tus servicios como secretaria. Es una buena causa, y estoy seguro de que logrará un gran apoyo de la comunidad. Después de todo, hay que viajar más de sesenta kilómetros para llegar al hospital más cercano, y la clínica que Peter piensa instalar sería un gran beneficio para todos.

El entusiasmo de su padre ante el proyecto del joven médico, no permitió que Lali le dijera que no estaría dispuesta a hacer algo que la obligara a encontrarse en estrecho contacto con Peter.

Irritada y molesta con su progenitor por su falta de intuición, Llevó los trastos sucios a la cocina.


 

Cuatro días pasaron sin que Lali viera a Peter. Se dijo que se alegraba, y se concentró en sus faenas rutinarias. Hacia el fin de semana, se dio cuenta de que le quedaba tiempo libre y, como estaba habituada a mantenerse ocupada, esos ratos de ocio le pesaban. Tanto, que cuando su padre anunció que iban a efectuar una reunión para debatir acerca de la creación de un comité para la recaudación de fondos para la clínica, la joven recibió la noticia con beneplácito.

—Me permití ofrecer tus servicios para tomar notas y llevar las actas —le advirtió su padre—. Peter no estaba seguro de que accederías a participar en el proyecto.

¿Quería decir eso que él no deseaba que interviniera? Un dolor inusitado la asaltó, pero lo reprimió de inmediato, dando pábulo a la ira.

—¿Ah, sí? Pues puedes decirle a Peter que sí quiero participar. Eso evitará que pierda la práctica.

—Podrás decírselo tú misma —aseguró el señor Esposito con una risilla divertida—. Vendrá a cenar esta noche; así podremos trazar los planes preliminares.

OTRA CENA QUE VA A PASAR?

5 FIRMAS Y OTRO


 

mercoledì 25 luglio 2012

5 CAPITULO DE ADORACCION SALVAJE

No fue porque quisiera impresionar a Peter por lo que se afanó, de forma especial, en su arreglo esa noche, se dijo mientras se ponía un elegante vestido que había comprado en Londres, a instancias de Benja.

A pesar de que la cubría de pies a cabeza, la prenda estaba diseñada para mujeres que deseaban impresionar a un hombre. Lo cual era, sin duda, la razón por la que Benja la había convencido de que la comprara, pensó Lali con una sonrisa irónica, mientras evocaba las dudas que la asaltaron cuando se lo probó. Eso había sido antes de que Benja le confesara sus intenciones; apretó ligeramente los labios al tiempo que se secaba sus rebeldes rizos.

Luego se puso el maquillaje; apenas un poco de sombra verde en los párpados y después rimel, para oscurecer las puntas doradas de las pestañas. Usó rubor para enfatizar los pómulos y apenas un poco de lápiz labial. Se puso de pie y se calzó los zapatos de tacón alto, sonriendo a su imagen en el espejo.

Sí… Esa era la mujer madura del presente, no la chiquilla que Peter había humillado; nadie que la viera ahora podría dudar de su madurez. Al alejarse del espejo no vio la sombra de vulnerabilidad que oscureció sus ojos, ni el leve temblor de sus labios.

El señor Esposito alzó un poco las cejas al verla entrar en la cocina, pero estaba tan familiarizado ya con la ropa londinense de su hija y su sofisticación que no hizo comentario alguno. Lali sacó el estofado del refrigerador y comenzó los preparativos para la cena. No podría evitar sentarse a la mesa con su padre y Peter, pero tenía la intención de que, una vez terminada la comida, se excusaría con el pretexto de que estaba cansada.

Un intenso dolor, como si alguien le hundiera un puñal en el corazón, la asaltó al recordar la cálida sonrisa del médico, como si en realidad le hubiera dado gusto verla. Sin duda un doctor tenía que aprender a ocultar sus verdaderos sentimientos y él debía ser un maestro en ese arte.

Cuando oyó el timbre de la puerta, esperó un momento para que su padre fuera a recibir a Peter, pero el anciano no respondió al llamado, de manera que, reacia, ella misma fue a abrir.

El doctor Lanzani se había quitado el traje formal que llevaba cuando se encontraron esa tarde y llevaba puesto un pantalón azul marino, con un grueso suéter de lana. El arqueó las cejas al verla y, por un momento, algo parecido al pesar pareció ensombrecer sus ojos.

—Avisaré a mi padre que estás aquí —anunció Lali con formalidad, apartándose para permitirle el paso—. La cena estará lista muy pronto.

Su padre, saliendo del estudio, se disculpó con Peter por no haber escuchado el timbre.

—Convencí a Lali de que cenáramos en la cocina. Nuestro comedor da al norte y, en esta época, siempre está helado. Vayamos a sentarnos.

La joven se mordió el labio inferior con nerviosismo mientras los seguía. Lo último que deseaba era que Peter compartiera con ellos la tibia intimidad de la cocina, donde podría observarla mientras trabajaba. Sin duda, él debía comprender lo difícil que para ella era enfrentarlo así, pero Peter se comportaba como si nada hubiera sucedido, como si nunca la hubiese lastimado y humillado de tal forma, que su alma había quedado marcada para siempre.

Mientras se afanaba en dar los últimos toques a la cena, la joven pudo escuchar la charla de los hombres y también se percató de que el médico la observaba constantemente. La observaba, se dijo ella, inquieta; no sólo la miraba. ¿Por qué la estudiaba así? ¿Pensaba que iba a coquetear con él? ¿Creía que todavía sufría de ese enamoramiento de la adolescencia?

—Ah estofado. Mi platillo favorito —Peter sonrió cuando ella le sirvió la comida, pero Lali se negó a devolver el—. Tu madre me contó que renunciaste a tu empleo en Londres —agregó con estudiada indiferencia.

—El hombre para quien trabajaba se marchará a Hollywood —respondió la joven de mala gana.

El teléfono sonó en el vestíbulo y el señor Esposito se levantó para ir a contestar. Mientras estuvo fuera de la cocina, Peter aprovechó la oportunidad para preguntar:

—¿Qué sucede,Lali?

El hecho de que tuviera necesidad de preguntarlo le robó el aliento a la muchacha y, antes que pudiera replicar algo, su padre reapareció en la habitación.

Durante el resto de la cena, el médico dirigió su atención casi en exclusiva al señor Esposito. Ocho años antes, la joven se habría sentido ofendida y hubiera hecho algún pueril intento de participar en la conversación, pero esta vez se alegró de que la dejaran so la, con sus pensamientos.

Después de la cena, el señor Esposito invitó a Petera jugar ajedrez y Lali quedó en libertad de ordenar la cocina y luego subir a ver a su madre.

—No necesitas quedarte aquí conmigo, querida —dijo Sarah Esposito—. En realidad, estaba pensando en dormirme ya. ¿Por qué no bajas a charlar con Peter y tu padre?

—Están jugando ajedrez.

Su madre rió.

—Recuerdo cómo te fastidiaba que Peter tratara de enseñarte ese juego. ¿Te acuerdas?

Las memorias que ella no quería revivir surgieron en su mente: una imagen de su petulante rostro de adolescente, haciendo pucheros, mientras trataba de desviar la atención de Peter del tablero de ajedrez hacia ella. Eso ocurrió poco antes que Lali se diera cuenta de la verdadera naturaleza de la extraña inquietud que parecía poseerla.

—Siempre estabas demasiado inquieta para concentrarte —agregó Sarah Esposito con ternura—. Recuerdo que una tarde de domingo, levantaste el tablero y tiraste todas las piezas al suelo.

—Recuerdo que Peter amenazó con darme una paliza por eso.

—Sí, también lo recuerdo —su madre rió y Lali se preguntó si también se acordaba de cómo había terminado esa desdichada tarde. Ella nunca lo olvidó.

Durante varias semanas se vio aquejada por un vago, pero constante sentimiento de desazón e intranquilidad; quería estar con Peter, pero cuando se encontraba con él, ya no se conformaba con su vieja y confortable amistad. Demasiado joven e inexperta para analizar sus propias emociones, se refugió en ataques de enfurruñamiento, con explosiones de mal humor. La amenaza de Peter de ponerla sobre sus rodillas para darle una tunda como castigo, había actuado como un balde de agua fría sobre sus apenas nacientes sentimientos femeninos y, desconsolada, Lali corrió a encerrarse en su habitación, donde estalló en lágrimas.

Al día siguiente, él la estaba esperando cuando salió de la escuela. Le dijo que le llevaría a su casa, y luego detuvo el auto en un sitio apartado.

—Lamento lo de anoche, pequeña —había dicho con suavidad—. Algunas veces olvido que ya no eres una niña.

Entonces, ella se echó a llorar otra vez, pero en esa ocasión no tuvo adónde escapar y desahogó su desdicha en el hombro masculino.    

Peter la había besado en la frente al soltarla y le ofreció su pañuelo para que se enjugara las lágrimas. Ese fue el día en que Lali supo que estaba enamorada de él.

—Regresa,Lali.

La voz burlona de su madre la volvió de golpe al presente y aunque oía la charla de la señora Esposito mientras le acomodaba las almohadas y verificaba que tuviera todo lo que necesitaba, Lali se preguntó qué diría su madre si supiera que ya había aprendido a jugar ajedrez. Mery la enseñó. Mery, cuya paciencia la convertía en un maestra excelente; Mery, cuya paciencia le permitía hacer caso omiso de las continuas infidelidades de su esposo, para el que una interminable serie de breves aventuras sexuales, era tan esencial como el aire que respiraba. Sin embargo, sin Mery, Benja sería muy desdichado. Era su esposa y, a su manera, la amaba. También quería a sus hijos.

Lali lanzó un suspiro y se encaminó a la puerta. Las relaciones humanas le parecían muy complejas. Cuando era adolescente, había soñado con una vida perfecta que compartiría con Peter, si él la amara; imaginó que el amor sería suficiente, que nada más importaba, pero ahora sabía que cada persona tiene sus propias necesidades.

Ella, en lo particular, era demasiado anticuada en sus principios morales para iniciar una aventura con un hombre casado, en especial, un hombre a cuya esposa ella conocía, y a la que le tenía afecto.    

A pesar de que encontraba perturbador el descubrimiento de que Peter había regresado a Setondale, sabía que tomó una decisión correcta al negarse a ir con Benja a Hollywood. Ya comenzaba a disiparse el poder magnético que él ejercía en sus sentidos, ahora que estaba lejos de su avasalladora presencia. Quizá el deseo que le había recorrido las entrañas se debió más a la necesidad de una mujer inexperta por un despertar sexual que al deseo que tenía del propio Benja.

Desde la humillación recibida por Peter, ella había mantenido su sexualidad bajo estricto control; no era ni sería jamás el tipo de mujer para la que el sexo podía tener un valor propio y muy elevado; pero había ocasiones… en especial a últimas fechas, cuando al ver a los amantes abrazados, a las parejas de enamorados que se besaban y acariciaban… en que era asaltada por un intenso deseo, mezclado con una extraña nostalgia.

Y todo era culpa de Peter; su severidad y desdén hicieron imposible para ella que fuese abierta y sincera respecto a sus impulsos naturales; la aterraba la idea de interpretar mal los sentimientos de un hombre y ser humillada otra vez.

Bajó a la cocina y comenzó a preparar una jarra de café para su padre y el invitado. Ya era más de las diez y, sin duda, Peter recordaba que sus padres acostumbraban acostarse temprano.

Cuando les llevó la bandeja con el servicio, fue evidente que Peter estaba ganando la partida.

—Me tiene acorralado —se lamentó el señor Esposito, con una mueca de fingido enfado, cuando su hija le entregó una taza de café.

—Hmm —ella estudió el tablero con actitud conocedora—. Otras dos jugadas y no podrás evitar el mate.

Su padre alzó las cejas con asombro, complacido.

—¡Vaya, vaya, parece que lograste aprender algo mientras estabas en Londres! —volviéndose hacia Peter, preguntó en son de broma—: ¿Recuerdas cuántas veces trataste de enseñarle?

—Hay de maestros a maestros —replicó Lali con acritud, y observó la forma en que Peter fruncía el ceño al mirarla.

—Y de alumnos a alumnos —replicó él con ironía, mientras el señor Esposito miraba de uno a otra con cierto azoro. Lali se alegró de que sonara el teléfono, rompiendo el tenso silencio. Su padre fue a responder la llamada y ella estaba a punto de seguirlo, cuando la detuvo la voz de Peter.

—Has cambiado,Lali. ¡Y estoy seguro de que jugar ajedrez no es lo único que aprendiste en Londres!

La joven se volvió de pronto, con los ojos relucientes por la ira que él siempre lograba encender en ella con facilidad, pero antes que pudiera replicar algo, su padre regresó a la sala, frunciendo ligeramente el ceño.

—La llamada es para ti, cariño. Se trata de Benja.

—Mi ex jefe. Supongo que no encuentra algún expediente importante en el archivo —sabía que estaba ruborizada y que Peter lo había notado, pero la llamada de Benja la dejó muy desconcertada.

Se apresuró a responder, enredando, con nerviosismo, el cordón del teléfono entre sus dedos mientras contestaba.

—Lali, mi amor, no sabes cómo deseaba escuchar tu voz. Te extraño mucho. Regresa, por favor.

La joven apretó los dientes. Siempre supo que Benja era perseverante cuando se proponía algo, pero creía haber dejado muy claro que no debía existir algo entre ellos.

—No puedo regresar, Benja —respondió con firmeza y frialdad—. Mi madre está enferma y me necesita.

— ¡Yo también! ¡No sabes cuánto! Vuelve, Lali.

Ella comenzó a temblar. ¡Eso era demasiado, después del encuentro con Peter!

—Es imposible, Benja —aspiró profundo—. Y no iría aunque pudiera. Ya te lo dije. Eres un hombre casado, y sabes cuánto quiero a Mery.

— ¡Oh, por todos los santos! Escucha, Lali…

De repente, la joven fue presa del pánico:

—No, no quiero escuchar más —apartó el receptor de su oreja, pero antes de que pudiera colgarlo, oyó a su ex jefe que decía con furia:

—No creas que te dejaré escapar tan fácilmente. Te quiero. Te deseo… y puedo hacer que tú también me desees.

Aun con el receptor apartado, las palabras se escucharon con claridad. Ella cortó la comunicación, estremecida.

—¿Y ése es tu jefe?

10 FIRMAS Y MAS

martedì 24 luglio 2012

4 Capitulo Adiccion Salvaje

Hola acà està otro capitulo,espero mas firmas,eh! SI NO HAY FIRMAS NO HAY NOVE!

+4 FIRMAS

El nombre escapó de sus labios y su cuerpo se puso rígido. Ocho años no lo habían cambiado en absoluto, excepto para hacerlo aún más imponente. Todavía irradiaba esa aura de energía contenida que la había excitado y fascinado en el pasado; el negro cabello era tan abundante y brillante como siempre y los ojos grises poseían aún su magnético poder.

"¡Oh, Dios!", se lamentó en silencio. ¿Por qué, si debía encontrarse con Peter, no se había puesto algo más sofisticado y llamativo que ese viejo rompevientos y los raídos pantalones de pana? ¿Por qué tenía que volver a toparse con él sin el aplomo que había llegado a adquirir en los ocho años anteriores, en lugar de esa apariencia, tan parecida a la que tuvo cuando era adolescente?

—Lali, ¿te encuentras bien?

Peter parecía preocupado y, cuando después de sacudirse la nieve del rostro y las ropas, Lali lo miró, vio que él sonreía con la misma sonrisa de aquellos días pasados en que ella trató de transformar el afecto de un joven hacia la hija de los amigos de sus padres, en algo más íntimo. Mientras contemplaba esos ojos preocupados, casi pudo convencerse de que aquella espantosa noche de verano nunca había sucedido.

La joven se puso tensa y rechazó su ayuda para levantarse, diciendo con indiferencia:

—Estoy bien, gracias —luego, agregó con una dureza que desvaneció la sonrisa de los labios del médico—: ¿Siempre conduces sin pensar en la seguridad de otros? No es precisamente la conducta que una podría esperar de un honorable miembro de la profesión médica.

Peter la estudió con seriedad.

—Conducía lo bastante despacio para detenerme a tiempo y además, casi nadie usa este sendero —señaló con calma.

Lali sabía que estaba exagerando su reacción, pero era la única manera de controlar el impacto de verlo otra vez.

Los ojos grises escudriñaron el rostro pálido y las piernas temblorosas de la joven, y el ceño de preocupación del médico volvió a hacerse evidente.

—¿Estas segura de que te sientes bien? —extendió una mano para ofrecerle ayuda y ella retrocedió, de forma instintiva—. Sube al auto —dijo él, sin dejar de observarla—. Te llevaré a casa. No me tomará ni un minuto y como tu médico familiar…

—¡No eres mi médico!

Lali pronunció las palabras antes de poder contenerlas y ambos se miraron con fijeza por un momento; ella, tensa y Peter, con los ojos entrecerrados y una expresión indescifrable.

—Lali—su voz era cortante ahora y su gesto severo—. Escucha, no tiene caso quedarnos aquí, discutiendo. Falta casi un kilómetro para llegar a tu casa. Aun cuando no te hayas lastimado, una caída como ésa suele producir una conmoción.

La muchacha comprendió que era infantil y absurdo discutir con él, especialmente cuando sus nervios estaban tensos como cuerdas de violín y su corazón latía tan rápido que casi le impedía respirar. Peter tenía razón, sufría una conmoción, pero no a causa de la caída. Con un leve encogimiento de hombros, se encaminó al auto. El médico la siguió y le abrió la puerta. Al hacerlo, su brazo la rozó y ella retrocedió, como si hubiera sido tocada por una brasa candente.

—¿Qué pasa?

—Nada. No me gusta que me toquen, eso es todo.

Demasiado tarde, ella registró la expresión en el rostro de su amigo de la infancia. Lo que había dicho era verdad, y fue la excusa que había usado con demasiada frecuencia. Peter la observaba con penetrante intensidad.

De repente, los labios del médico se torcieron en una mueca semejante a una sonrisa, la cual le dio un extraño y amenazador aspecto, y Lali se sonrojó al adivinar lo que él pensaba.

Perturbada, retrocedió y se apartó del auto.

—No quiero que me lleves, Peter—dijo con voz trémula—. Prefiero caminar —y antes de darle tiempo a reaccionar, comenzó a andar por el nevado sendero con paso apresurado, sin osar a volverse a mirar atrás, temerosa de que él la estuviera siguiendo.

Era una sensación desconcertante y que le debilitaba las piernas, pero por fin logró llegar a la verja del jardín familiar y fue hasta que entró en la casa que oyó que el motor del auto de Dominic se encendía. Comprendió que él debía haberla vigilado durante todo el camino.

Bueno, como médico que era, no podría decirse que desatendía sus responsabilidades.

Cuando cerró la puerta frontal, su padre llamó desde el estudio.

—Lali, ¿eres tú? —al verla a través de la puerta abierta, alzó las cejas con asombro cuando notó su ropa mojada—. Acaba de marcharse Peter. ¿Qué te sucedió? Parece que te hubiera caído un alud encima.    

—Casi.

El anciano frunció el ceño.

—¿Estás bien?

—Sí… resbalé en el camino. Por suerte, no sufrí daño alguno; sólo en mi orgullo. ¿Cómo se encuentra mamá?

—Se está reponiendo con rapidez, en opinión de Peter, pero se lo podrás preguntar tú misma esta noche. El vendrá a cenar —miró a su hija con aire culpable—. Tu madre lo invitó; le preocupa que viva solo en la vicaría. ¡Ya sabes cómo es tu madre!

Así que era Peter quien había comprado la vicaría. Lali se sintió abatida al asimilar las palabras de su padre. ¡Sería imposible inventar una excusa para no estar presente esa noche!

—No tienes que preocuparte por la cocina —agregó el señor Esposito, interpretando mal la expresión de la joven—. Tu madre dice que hay varias cosas ya preparadas en el refrigerador.

—¿Mamá está despierta? —preguntó Lali—. Creo que subiré a verla.

—Hazlo, hija. Ha empezado a quejarse de que se siente aburrida, pero Peter le dijo que tiene que permanecer en cama, por lo menos durante otra semana.

Cuando Lali entró en la habitación que compartían sus padres, la señora Esposito se hallaba sentada en la cama, apoyada contra las almohadas. Sarah Esposito era una mujer preciosa, con los mismos ojos verdes de su hija y los pómulos prominentes, característicos de los escoceses. La mujer mayor sonrió con afecto al ver a su hija y palmeó la cama, a su lado.

—Ah, ya llegaste, querida. Ven, siéntate a mi lado y charla conmigo. Me muero de aburrimiento aquí, en esta cama, pero Peter insiste en que no me levante —observó con cuidado a la joven mientras agregaba—: Ya sabías que él regresó, ¿verdad?

Sarah Esposito tenía más intuición que su esposo, y se dio cuenta de la renuencia de Lali para tratar el tema del doctor Lanzani. Estaba enterada de su enamoramiento de adolescente, por supuesto, y no había podido adivinar qué provocó que su hija detestara la simple mención del nombre de Peter. Sin embargo, conocía demasiado bien a la joven para interrogarla. Así que, con toda calma, prosiguió hablando como si nada hubiese ocurrido:

—Invité a Peter a cenar con nosotros. Un hombre que vive solo, rara vez come como Dios manda.

—Tonterías mami —la interrumpió Lali con cierta irritación—. No hay razón alguna por la que un hombre no pueda cuidar de sí tan bien como lo hace una mujer

—Oh no sugería que Peter no fuese capaz de cuidar de sí, querida —explicó Sarah con gentileza—. Pero él es un médico muy ocupado y estoy segura de que no tiene tiempo para comer como es debido. En el refrigerador hay un delicioso estofado; podrías servirle eso. Siempre ha sido su platillo favo…

—Deja de preocuparte de Peter, mamá, y trata de descansar.

QUE VA A PASAR EN LA CENA? +4 FIRMAS Y OTRO


 

lunedì 23 luglio 2012

3 capitulo Adoracion Salvaje

Hola chicas,acà estoy con nuevo capitulo,hoy quiero hacer maraton asique acà està el primer capitulo de ella.

SI SUBO OTRO DEPENDE SOLO DE USTEDES +3 FIRMAS

No iba a incriminar a Euge; la culpa, el deseo fue de ella nada más. Fue Lali quien escuchó con fascinado horror, la descripción de su amiga acerca de la forma en que debía seducir a un hombre. Con ojos dilatados, absorbió las instrucciones detalladas de Euge.

—Pero. . . ¿y si él no?. . . ¿Sino me hace el amor? —Su amiga se había encogido de hombros.

—No tienes que preocuparte por eso. Una vez que lo hayas excitado, no podrá controlarse. Ningún hombre puede hacerlo.

La alarma y la excitación se debatieron en su interior; excitación ante la idea de que Peter le hiciera el amor, y alarma al pensar en su propia osadía.

Fue fácil averiguar qué noche estaría Peter a solas en su casa. Cada quincena, los padres del joven médico y los señores Esposito se reunían en el hogar de éstos para jugar a las cartas, y lo único que ella tuvo que hacer fue aguardar a que los señores Lanzani llegaran a su casa.

—Ponte algo sensual —le aconsejó Euge. Era fácil decir eso, pero Lali no pudo encontrar en su ropero algo que mereciera semejante descripción.

Por fin, sintiéndose más incómoda y abochornada que sensual, se quitó el sostén y desabotonó su blusa de algodón para dejar al descubierto el nacimiento de los senos.

Un suéter ocultó de sus padres la evidencia de su falta de ropa interior cuando fue a decirles que saldría a pasear en bicicleta.

Había sido un verano agobiante y las ventanas dobles de la casa de los Lanzani estaban abiertas cuando ella pedaleó por el sendero particular hasta la puerta trasera.

Puesto que los padres de ambos eran buenos amigos, no era extraño que ella visitara la casa pero al bajarse de la bicicleta sintió que estaba cometiendo una infracción a las normas.

Se encontró a punto de volver por donde había llegado, pero la idea de tener que confrontar a Euge sin haber logrado su pequeña hazaña la obligó a permanecer firme en su propósito. Se acercó a las ventanas y llamó antes de entrar.

La sala estaba vacía; con el corazón desbocado, atravesó el vestíbulo y luego se quedó petrificada cuando vio que Peter se le acercaba, descendiendo por la escalera y terminando de ponerse una camisa blanca.

Tenía el cabello húmedo y la piel bronceada y reluciente sobre los poderosos músculos de su torso. Algo pareció expandirse y florecer dentro de la chica, una excitación profunda y palpitante que llevó un delicado rubor a sus mejillas y ensombreció sus ojos del color del jade.

—Lali, ¿todo está bien?

La aspereza en la voz de Peter la hizo volver a la realidad, de golpe.

—Sí.

—Entonces, ¿qué haces aquí? —la miraba con el ceño fruncido mientras se abotonaba la camisa y, como él nunca le había hablado con ese tono ella solo lo miró con fijeza sin pronunciar palabra—. Pregunté qué haces aquí.

Estaba ya al pie de la escalera y la miraba con la misma expresión, entre extrañada y severa, y la chica siguió mirándolo, como alelada. Lali se había quitado el suéter mientras retrocedía y los últimos rayos del sol vespertino revelaron la descubierta turgencia de sus senos de adolescente.

Oyó que Peter contenía el aliento con lo que parecía un gruñido de impaciencia y dijo, con precipitación:

—Vine a… a verte.

—¿A verme? —la expresión de él era cada vez más adusta—. ¿Para qué?

La muchacha fue presa del pánico. Las cosas no sucedían como esperaba. El no debía estarla interrogando, sino mirándola con deseo. No iba a resultar tan fácil corno aseguró Euge. La confusión creció en ella y lo miró con ojos perplejos, preocupados, que revelaron más de lo que ella imaginaba.

—So… solo quería hablar contigo —balbuceo con timidez y se puso roja como una amapola cuando él replicó, con acritud:

—Lali, ¿qué es todo esto? ¿Qué vienes a hacer vestida de ese modo? —con un movimiento de la mano indicó los pechos semidesnudos de la muchacha. ¡No era así como se suponía que él debía reaccionar! ¡Euge había dicho que!

Se mordió el labio inferior y se acercó a Peter, al tiempo que decía con voz trémula e implorante:

—Peter, por favor, no te enfades conmigo… —estaba muy próxima a las lágrimas, y un nudo se le había formado en la garganta.

Lo oyó suspirar y luego, incrédula sintió que la abrazaba. El joven médico la estrechó contra su pecho y ella apoyó la cabeza en su hombro.

Se estremeció de nervios y excitación, ansiosa de alargar una mano para tocarlo, pero incapaz incluso de respirar.

Euge había tenido razón, se dijo emocionada. Las piernas le temblaron y amenazaron con no sostenerla más. Su corazón parecía haberse asentado en su garganta y Lali creyó que la sofocaría. ¿Podía Peter sentir su palpitar? Ella podía percibir el rítmico latido del pulso masculino. De forma instintiva, deslizó la mano hacia el sitio donde sentía el poderoso palpitar.

Las puntas de sus dedos temblaron contra la piel masculina y luego, para su azoro y consternación, sintió que su muñeca era asida por un puño de acero y, luego, se vio bruscamente apartada de él.

Unos ojos furiosos se encontraron con los azorados y confusos de ella.

—¿Qué diablos crees que haces?

El impacto del brusco rechazo fue demasiado para ella. Todavía perdida en su cautivador ensueño de amor y deseo, y sin comprender el motivo de su ira, exclamó con vehemencia:

—¡Peter, hazme el amor! ¡Por favor sé que tú también lo deseas!

Por un momento, fue como si hubieran quedado congelados en el tiempo; ella lo miraba con expresión implorante, los labios trémulos y entreabiertos, el cuerpo ansioso de las caricias masculinas; él, tenso y furioso, los ojos grises ensombrecidos, sus labios apretados y el cuerpo rígido.

Y de pronto se rompió el hechizo; la realidad de la furia de Peter penetró con brusquedad en la conciencia de la chica, cuando él dijo con aspereza:

—¡Dios mío, apenas puedo creer que estoy oyendo esto! ¿Es por eso que viniste vestida como… como una ramera? ¿Para suplicar que te haga el amor? ¡Y además lo pides con tanto descaro!

Peter pudo notar el sobresalto y el dolor en el rostro de la muchacha y su voz se suavizó un poco:

—Lali, no puedo hacerte el amor. . . lo sabes.

—¿Porque no me deseas? —se obligó a mirarlo a los ojos y vio que el rostro del joven se tornaba frío y reservado.

—Entre otras cosas —aceptó él con tono impasible—. Además, se acostumbra que sea el hombre quien dé el primer paso. ¿Quién te aconsejó que hicieras esto? Vamos, Lali, no quiero mentiras. Te conozco; tú nunca habrías imaginado semejante tontería.

Ella tuvo que sentarse en ese momento, cabizbaja y avergonzada, respondiendo al interrogatorio y enfrentando la expresión de desdén y disgusto que oscurecía los ojos de Peter.

—Bien, ahora es mi turno de aclararte algo —dijo el joven médico por fin cuando ella concluyó—. Al contrario de lo que te contó tu amiga, no es tan fácil hacer que un hombre te desee.

Entonces, ella se sonrojó con bochorno y dolor, pero él no le permitió que apartara la vista al sostenerle la barbilla con dedos firmes, mientras decía con crueldad:

—Mírame,Lali. Anda… mírame bien… Tu amiga te dijo lo que debías ver. ¿Te parezco un hombre dominado por el deseo?

En ese instante ella hubiera querido levantarse y huir, pero el dolor y la vergüenza la retuvieron allí, rígida y temblorosa como un conejo ante un gavilán, incapaz de hacer otra cosa más que mirar los ojos grises que brillaban de ira.

Luego, Peter la agobió con un sermón sobre los peligros a los que se estaba exponiendo, acerca del riesgo de la promiscuidad sexual, el peligro de violación y cosas peores. Después la atormentó haciéndole ver lo mucho que sus padres la querían y confiaban en ella, y lo decepcionados que estarían si supieran lo que había hecho.

Más tarde, no la dejó volver a casa en la bicicleta, sino que la obligó a subir para que se lavara la cara hasta quitarse el maquillaje que se había aplicado con torpeza; la hizo cepillarse el pelo y una vez que ella hubo hecho lo ordenado, esperó a que se pusiera el suéter y luego la llevó a casa en su auto.

Sólo había ocho años de diferencia entre los dos, pero él fue tan severo e implacable como cualquier padre del siglo pasado y cuando la dejó al final del sendero particular de la casa paterna, Lali supo que lo odiaría y despreciaría por el resto de su vida.

Pero no tanto como se odiaba a sí, reflexionó con amargura, mientras emergía del pasado a la realidad presente.

Después de eso, evitó la compañía de Euge y pidió a sus padres que la dejaran asistir a la universidad, en lugar de seguir sus estudios en la escuela de la localidad. Los señores Esposito accedieron y la joven se sintió muy a gusto en Newcastle, donde aprendió a aceptarse otra vez como era.

Suspiró. La nieve caía ahora mas copiosamente era tiempo de que regresara a casa. Consultó su reloj de pulsera. Las tres y diez. Magnífico, cuando regresara, Peter ya se habría marchado. Sabía que no podría pasarse la vida esquivándolo, pero descubrir que él estaba de regreso había sido una tremenda sorpresa para ella. Ahora, habiéndose obligado a revivir el pasado, sería más fuerte; esa catarsis le permitiría juzgar sus acciones juveniles con más objetividad y también con mayor tolerancia.

Pero no podía. Ese era el problema. No conseguía librarse de los sentimientos de vergüenza y auto desprecio que Peter le había inculcado; todavía la afectaban como una enfermedad que tenía recurrencias esporádicas.

Odiaba a Peter por la imagen de ella misma que le había presentado; odiaba el hecho de que él hubiera presenciado su vergüenza y humillación. Lo odiaba porque la hizo despreciarse

Suspirando se puso la capucha del rompevientos y se encaminó de regreso a casa.

CASI lo logró. Avanzaba por el sendero, ya cerca de su casa, con la cabeza agachada contra la nieve, cuando oyó el ruido del auto e, instintivamente, empezó a apartarse del camino; pero la nieve lo había hecho resbaladizo y perdió el equilibrio, Lali patinó y cayó al suelo con un golpe que le robó el aliento.

La joven oyó que el auto se detenía y que luego se cerraba una puerta, pero fue hasta que él se acercó y la ayudó, a levantarse que se dio cuenta de quién era el que le prestaba socorro.

—¡Peter!